He recobrado la libertad, esa fría y extensa e invisible libertad por la que -inconscientes- lucha cada uno de nosotros (o debería). Su sabor es parecido al hierro, sabor a óxido; y su olor, su olor es lo más característico. Es olor a tabaco, olor a libertad.
Es incolora, o al menos así se he presentado ante mis ojos cansados. También es muy insolente, y no respeta ni tan siquiera a su dueño (que soy yo).
Creo que deseo matarla. Sí, su mirada me produce unas ganas terribles de acabar con ella; creo que me reta constantemente, porque en realidad no me cree capaz de hacerlo.
Y acierta de lleno.
Porque para acabar de una vez con ella, pera destruirla, necesito la ayuda de alguien... ¡pero es tan difícil pedir ayuda, ese tipo de ayuda...!
De momento la invito a salir conmigo, y nos tomamos unas copas de vez en cuando. Siempre pago yo (para estas cosas soy muy tradicional). Algunas veces le cuanto alguno de mis problemas, pero es totalmente inútil: simplemente asiente, sonríe y vuelve la cabeza para otro lado; ya he dicho lo insolente que puede llegar a ser.
La llevo de la mano a todas partes, y a veces, cuando voy a clase, la meto en mi cartera, entre los cuadernos. Es una libertad poco voluminosa; aunque, eso sí, a pesar de las apariencias es muy pesada, muy muy pesada.
Ayer le dije que la mataría; sí, le aseguré que le quedaba poco tiempo conmigo, que fuera despidiéndose. Simplemente sonrió, y me dijo que la echaría de menos.
Y volvió su cabeza para otro lado.
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