miércoles, 9 de junio de 2010

Isabelita (2010)

No tengo ni idea de cuáles deben ser tus recuerdos de cuando los dos vivíamos en el Sector Sur, cuando tu casa y la mía compartían pared, y tú y yo compartíamos tus cuentos y mis ganas de leer, tus juguetes y mis ganas de jugar, las patatas de mi madre y tu manía de comértelas crudas... cuando los dos teníamos apenas siete años, pero uno de los pocos recuerdos que mi escaso disco duro me permiten conservar de mi infancia eres tú, y sobre todo ese día que viniste a mi casa, y esa vez no fueron las patatas recién peladas, ese día te pusiste a comerme a besos, y yo primero sin saber que hacer, mi cabecita no estaba preparada para eso, y cuando salí del shock huyendo de tu generosa expresión de amor infantil y escondiéndome tras la falda de mi madre (en este caso literalmente), y mis lágrimas que cada vez eran más porque la vergüenza de estar llorando porque tú me besaras me hacía llorar más, y tú que lo tenías clarísimo, y mi madre que qué te pasa, y tú que quiero ser su novia, y yo cada vez más pequeño, y la risa de mi madre acabando de ayudar a la total desintegración de mi orgullo...

No se trata de nada demasiado especial, pero ese día se me quedó marcado como una cicatriz de guerra y supongo que si se quedó marcado sí que tiene importancia para mí, o que la importancia se la otorga justo el hecho de que me impresionara tanto, huevo o gallina es igual, el caso es que mi primer verano en Barcelona, tumbado en la cama en mi habitación en la "Hippy House" de Gràcia, después de aquella comida tan divertida con la guapa Mariona, lo último que me esperaba es que tú me vinieras a la cabeza después de 20 años, tú, pero no la niña que me hizo la primera declaración de amor de mi vida, no, eras tú, la Isabelita de 27 años, casi como un ectoplasma que se coló en mi habitación, y a la que casi podía mirar directamente a los ojos y darme cuenta de que al mirarte tenía la certeza de que eras la mujer de mi vida, que había algo entre nosotros que no tenía que ver ni con la lógica ni con el tiempo pero que nos unía, y vi tu cara de 27 años, y vi tu pelo corto de 27 años (cómo coño sabía...) y de repente tuve un momento de plenitud, fíjate tú, sin quererlo y sin tener ni puta idea ya eras la responsable de dos momentos antológicos en mi vida...

Y al día siguiente la otra cara de la moneda, joder tío que flipado que estás, como se te va la olla, cómo se te ocurren esas cosas, debe ser este miedo a las relaciones, la búsqueda de la princesa encantada, una excusa para no tener que afrontarlo con alguien real, anda espabila que bastante problemas tienes ya...

Así que cuando aquella tarde un mes después te encontré en el Moll de la Fusta , bailando a tres metros sobre mis ojos, en la pala de aquella excavadora, por encima de mí como te había visto en mi habitación, y con el pelo corto y la misma cara con que te me habías presentado (20 años...), tuve que pegarle una patada en el culo al demonio de la cordura para echarlo de mi cabeza; y ahí estabas creando con tu baile el tercer momento antológico de mi vida, de esos que se viven con el estómago más que con otra parte del cuerpo... y tú a lo mejor ni siquiera me recordabas de la infancia, de aquellos escasos 3 años que compartimos hasta que nos mudamos a otro barrio, por si no te acuerdas por cierto mi respuesta jamás fue sí, no llegamos a tener ninguna relación seria...

Así que de repente me enteré que tú también te habías venido a Barcelona, quizá como yo escapando de aquella bella Córdoba que todo lo ralentiza, en la que el tiempo se mueve al compás de un punteo de guitarra, y que tú también te habías metido en este loco mundo del escenario, aunque yo en ese momento sólo fuera un proyecto de actor que intentaba compaginar sus estudios de teatro con el trabajo de encuestador en el metro, y tú estuvieras bailando (estupendamente, por cierto) en una de las compañías de más éxito de todo el país.

Bueno, en realidad todo esto lo confirmé después, porque el puto demonio no acabó de irse del todo, y una vez pasado el momento de éxtasis de verte bailar ante mí durante la media hora que duró el espectáculo, y una vez vuelto al asqueroso mundo real, allí estaba de nuevo nuestra amiga duda, cómo se te va la almendra chaval, y cómo va a ser ella, 20 años chaval, y entre la poca luz, el movimiento continuo y la distancia a la que siempre estaba, y además que cómo la vas a reconocer... nada, que nadie nos enseña a creer en la magia, y así nos va!

Así que no fue hasta un par de meses después, el día del espectáculo no pude ir a hablarte, te perdí la pista y te escapaste de la misma manera brusca con la que retornaste a mi vida, desde ese mismo día intenté buscar en Internet cualquier información que me confirmara que eras tú, pero ni sabía tu apellido, ni tu nombre actual (cuando luego te encontré en el metro, te sorprendió que alguien te llamara Isabel), no way Jose, fue semanas después cuando tiré del único hilo que me podía unir a ti, recordé que mi amigo Pedro había estudiado en la escuela de Artes y Oficios con tu hermana, así que acudí a él por si me pudiera dar alguna pista, tu apellido, una rendija en este muro que la vida me estaba empujando a atravesar; un par de meses hasta que mi amigo me pudo confirmar, un encuentro también casual con tu hermana, estabas en Barcelona, habías estudiado danza, eras tú.

Pero que iba a hacer yo con aquello, para qué me servía, aún si hubiera conseguido tu teléfono para qué, lo más seguro era que te asustaras de alguien con aquella historia para ofrecer, incluso sin la historia, hola soy tu vecino de cuando teníamos 7 años, qué tal cómo te va, qué has estado haciendo estas dos décadas, así que me guardé la historia en un rinconcito del pecho y adelante Jose, son casualidades, estás un poco flipado chaval, céntrate que llevas un año en Barcelona y con un curro de mierda, estudiando teatro como un adolescente... (tengo un cerebro un poco hijo de puta).

Así que si no hubiera sido porque aquel mismo mes entré corriendo al andén de la parada de metro pensando que lo perdía, y cuando me paré en seco al ver que aún faltaban dos minutos la primera persona que vi justo a mi izquierda eras tú, otra vez a tres metros de mí pero esta vez en horizontal, el corazón (el real, el que se encarga de bombear) tocando el tam-tam, otra vez el mismo shock de cuando me diste aquella somanta besos, pero esta vez no tenía ni madre ni falda tras la que esconderme (bueno, había una rumana cerca, pero su falda ya llevaba niño incluido), así que me armé de valor, respiré profundamente, y con la voz más imbécil del mundo, te llamas Isabel verdad, y tú que sí, y tu cara de y éste ahora quién coño será, hola soy tu vecino de la infancia, de Córdoba, Jose Manuel, ah, y tu cara de ay con la prisa que tengo ahora (y a la burbuja se le hace un pequeño agujero) ah sí qué tal, pues nada aquí en Barcelona llevo aquí un año, ah muy bien, (y se empieza a desinflar) sabes que pensaba que me iba a encontrar contigo que fuerte no, sí es que Barcelona es un pueblo (psssssssssss), y el metro que llega, y así que eres bailarina te vi el otro día en el Moll de la Fusta, sí estudié en Sevilla y ahora estoy aquí en el Institut del Teatre...

...bueno me bajo aquí (tomando el poco aire que le queda a la burbuja) me das el teléfono y quedamos un día para un café, sí claro apunta rápido...

Nada nada chaval, qué te esperabas, si ya te lo decía yo, esperabas que al encontrarla cayeran pétalos de rosa del cielo verdad, pero bueno, por lo menos tienes el teléfono, quizá hablando con ella tranquilamente delante de un par de cortados saques algo en claro. El único problema fue perder el móvil, tanta tecnología y perdemos el móvil y nos quedamos sin vida, por suerte tenía muchos números apuntados por si acaso... el tuyo no era uno de ellos claro, no me había dado tiempo.

No sé si recordarás lo del móvil, pero sé que te lo expliqué cuando a la semana apareciste sentada dos filas por delante de mí en el teatre LLiure y estuvimos charlando un poco más en el descanso. La verdad, no recuerdo muy bien de qué trató la conversación, pero creo que no pasó de cordial, incluso fue un poco incómoda. Quizá mi experiencia secreta contigo, unida a mi sentimiento de inferioridad al ver que tú habías conseguido aquello a lo que yo ni siquiera soñaba con aspirar, y también lo solo que me sentí durante todo mi primer año en Barcelona, y además tu ibas acompañada y mientras hablabas conmigo el chico te esperaba fuera fumando, el caso es que no se creó el mejor ambiente para que yo te pudiera contar nada (y qué te iba a contar! Cómo te lo iba a explicar, si hasta hoy que por fin lo escribo ni siquiera sabía muy bien expresar qué me había pasado?).

Así que cuando, en el transcurso de ese mes, me volví a chocar prácticamente dos veces más contigo en el metro, lo máximo que pude hacer era tratar de no parecer un maníaco obsesivo o un psicokiller que te perseguía por la red de transportes de Barcelona. Y cuando más adelante te envié un mensaje para por fin quedar para tomar aquel café pendiente, gasté mi último cartucho, que se convirtió en fogueo cuando me respondiste que justo estabas en Córdoba, y que más adelante a ver si...

Así que esta historia se quedó durmiendo dentro de mí, hermosa y triste a la vez, como recordatorio de que aunque a veces lo olvide la magia existe, y también como enigma nunca resuelto, el gran interrogante de qué me llevó a tener esta conexión contigo en ese momento de mi vida, y hoy por fin como relato que, por supuesto, te merecías tener.

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