viernes, 11 de junio de 2010

Esencias (2000)

Elegí esta casa por el olor. La primera vez que entré, cuando aún estaba completamente vacía y quedaban algunas huellas de sus anteriores habitantes, trapos, un carrito de la compra destartalado, un cajón roto y un millón de bolsas de plástico, aunque en mi imaginación ya la dibujaba acogedora y cálida, fue el olor, mezcla de las flores del patio de mis vecinos, la madera del suelo, el aire que baja de cuando en cuando de la sierra y el aceite del bar de la otra acera, lo que me envolvió, me trajo en un solo instante recuerdos de mis mejores pasados y de un tranquilo futuro.

Para mí siempre han sido especialmente importante los olores. Si conocía a una chica que no me resultase especialmente atractiva, pero o bien su perfume o tal vez su jabón le confiriesen un olor que me resultase excitante, podía llegar a sentir un amago del vértigo del enamoramiento. O soy capaz de preferir un bar a otro sólo por su aroma característico, por encima de la decoración, la música, la calidad de la cerveza o el trato de los camareros. Sucede que, a mucha gente, la visión del mar le resulta arrebatadora y tranquilizante; para mí, la fresca esencia del salitre me resulta narcótica mucho antes de haber siquiera vislumbrado un retal de su manto azul o de presenciar el acrobático vuelo de una gaviota. Sabría distinguir con los ojos cerrados cada una de las casas de mis amigos si me llevaran como a un secuestrado con los ojos tapados con un trapo; y si entrara en casa de mis padres cuando todos hubieran salido, como un ladrón, allí estaría el familiar olor como un guarda jurado, para ponerme delante de las narices el mismo sentimiento de agobio y amenaza que me produce la presencia de los que me trajeron a este puto mundo.

Así que, cuando dentro de media hora esté muerto, es probable que el olor sea una de las cosas que más eche de menos. Porque, en las historias de personas clínicamente muertas pero que, milagrosamente, lograron volver a la vida, nadie hace mención al olfato. Sensación de ingravidez, felicidad, visión cenital de tu propio cadáver, o bien un túnel oscuro, una luz al fondo, allegados fallecidos que te guían en tu viaje al mas allá… Pero nada de olores. Quizá sea mejor así, porque no creo que mi delicada nariz pudiera soportar los fétidos hedores que me esperan en el Infierno.

Por qué no reconocerlo, estoy acojonado. Una cosa es tener ganas de morirse, y otra muy distinta es matarte. La verdad es que, si de algo me ha servido ver tantas películas, es que me han dado un catálogo amplísimo de modalidades de suicidio. Aunque también es verdad que, con tanta película americana, tengo que dejar por imposible la opción cinematográfica más común: la del tiro en la sien. O en la boca. Claro que vivimos es una país libre pero, ¿dónde coño consigo yo una pistola? Además, si es cierto lo de la visión cenital, no me gustaría nada contemplar mis sesos desparramados por el suelo. Será una manía, pero nunca me ha agradado la idea de que lo que está dentro de mi cuerpo salga afuera.

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